martes, 19 de marzo de 2019

Diario de Carreras #37 - Media Maratón de Salou 2019


No se llega a campeón sin sudar (Epicteto).

Sabor agridulce. Como cuando ves el caramelo que no esperabas y alargas el brazo para cogerlo ya saboreándolo en tu imaginación y, de repente, sin saber muy bien porqué, desaparece. Así fue mi sexta media maratón.


















Cuarto año corriendo en Salou. Mi tercera media maratón aquí –donde más he corrido– y como siempre un fin de semana en familia de diez.

Llevaba desde 2016 sin venir a Salou a correr y el pasado año el circuito cambió su recorrido. Es más plano, aunque no llano, ya que tiene una sufrida subida que se hace dos veces. Bajo mi punto de vista es más divertido y bonito. El correr cerca del mar durante gran parte del recorrido tiene un encanto especial.

Otro de los cambios es que en vez de celebrarse el domingo por la mañana, se corre el sábado al atardecer y en mi caso supone llegar de noche. Me gusta.

Llegamos al apartamento el viernes anocheciendo. Nos registramos, fuimos a pasear un rato, a cenar y a la cama a descansar. El sábado pudimos disfrutar de una mañana estupenda con sol y aprovechamos de nuevo para pasear antes de juntarnos con Javi y Nuria y sus ‘peques’ e ir a comer para llenar los depósitos de glucógeno, es decir, un buen plato de pasta.

A las cuatro abrían las carpas para recoger el dorsal que están situadas en la misma línea de salida. Algo que en mi opinión es mejorable. Si se pudieran recoger antes, por la mañana, la gente tendría más tiempo para poder descansar antes de la salida –a las seis–.

Con la bolsa de corredor en la mano fuimos a relajarnos un poco al apartamento; más bien, a tumbarnos en la cama unos minutos.

Colocar el dorsal, elegir los calcetines y la ropa definitiva y marchar trotando entre el ambiente magnífico hacia la salida, fue el ritual. La calma que precede a la tempestad. Ya juntos Javi y yo, calentamos brevemente para poner los músculos a tono, comentamos la estrategia a seguir y nos colocamos en el cajón salida.

Es precioso poder salir a escasos centímetros de la arena, viendo el mar.

Mi objetivo principal era el de bajar de la hora y cincuenta minutos, que por la época en la que estoy es algo asequible ya que el deficiente descanso, consecuencia de tener dos niños, uno de 3 años y otro de 5 meses, pesa. Pero me veía con un puntito más, algo más preparado como para poder intentar, al menos durante unos kilómetros, ir a por la hora cuarenta y cinco. Javi se animó y aunque corría la de 10 kilómetros paralela, decidió ir conmigo al ritmo objetivo de 5 minutos el kilómetro.

Creía que no habría liebre para ese ritmo pero mi sorpresa fue que sí, y me alegré ya que ir con una liebre te facilita mucho el trabajo.

A las 17:58 se dio la salida. Salimos todos juntos. Los de cinco y diez kilómetros y los de la media maratón. Al principio, como pasa muchas veces, no se puede correr, y durante el primer kilómetro tratas de no tropezar e ir colocándote en tu sitio.

Vimos que llevábamos la liebre por detrás y decidimos no forzar y esperar a que nos alcanzara para unirnos a ella. Así lo hicimos. En el kilómetro 2 aproximadamente ya estábamos allí, Javi y yo, enganchados a esa liebre que nos llevaría en volandas.

Desde el principio iba muy cómodo. El circuito son dos vueltas. Empezamos a subir en el kilómetro 3 aproximadamente la parte más dura de la carrera, que luego debíamos repetir. Aunque esta parte es traicionera, iba a ritmo, sin forzar y cómodo en cabeza del grupo. Llegamos a la parte más alta y comenzamos un descenso cómodo. Llegamos al llano, kilómetro 5, donde empezamos el ritmo de crucero. 

Desde el primer momento, la liebre  –luego me he enterado de que se llamaba Benja–, nos animaba y nos iba aconsejando. Primer avituallamiento y ritmo constante a 4:55 para compensar la pérdida en la subida.

Me encontraba genial, hablando y riendo en el grupo. Concentrado y sintiendo que a lo mejor era posible. 

¡Poned buena cara para las fotos! –decíamos. 


Paso a paso nos íbamos comiendo los kilómetros.

En el ocho nos separamos la media y la de diez kilómetros. Nos quedamos seis o siete personas en el grupo. Ritmo exigente para mí pero constante y lo puedo mantener sin problemas. Llegamos hasta Villafortuny y me mantengo a la derecha de la liebre, en cabeza del grupo, sin rechistar.

Hacía algún kilómetro que el estómago me estaba empezando a dar guerra, pero a partir del ocho y medio noto que me molesta más. No sé si la comida, algo especiada, tuvo algo que ver, pero no me encontraba del todo cómodo. Ni el agua me sentaba bien.

Kilómetro diez. Tomo el primer gel que, afortunadamente, me sentó bien y de nuevo avituallamiento. Cojo agua y bebo. Continuamos. En mi cabeza tenía la certeza de que si aguantaba con la liebre la segunda subida y llegaba hasta el llano con ellos, lo podía conseguir. Iba muy bien, disfrutaba mucho y mantenía la energía.

Comenzamos a subir de nuevo en la segunda vuelta. Me descuelgo un par de metros y empiezo a notar la fatiga. En ese momento no me planteo nada más que llegar a la parte más alta y recuperar para poder engancharme al grupo. En esto nos ayudó mucho Benja que nos aconsejaba constantemente.

Me mantengo, no pierdo más metros, me siento fatigado. El ritmo para mi es exigente pero no excesivo. Llegamos arriba y enseguida logro contactar de nuevo y comienzo la bajada con el grupo. Pulsaciones a tope, la piernas parecían responder; al lío. Parte llana y avituallamiento del kilómetro catorce.

No me acorde del estómago durante la subida pero al comenzar a llanear, noté que me seguía sin sentar muy bien el agua pero bebí sin problema. Eso sí, no tomé gel. Un error.

Pasamos el quince y el dieciséis sin problemas, cada vez más fatigado pero aguantando bien. Pero de repente, vino el mazazo.

Corría el kilómetro 16,5, mi energía cayó en picado y comencé a descolgarme del grupo. No tenía ni un gramo de fuerza para poder seguirlos. 

Pero, ¿qué está pasando? –pensé. 


Intentaba unirme pero era imposible. Era como si me hubiera robado la energía algún ente invisible. Quería pero no podía. Las piernas funcionaban, la cabeza también pero no había combustible. Comencé a sufrir, mucho.

Empezó a pasarme algún corredor y al mismo tiempo decidí bajar el ritmo ante lo que era una pájara en condiciones; para poder llegar a meta dignamente y sin perder mucho tiempo. El final de la recta antes del giro de 180 grados que te lleva de nuevo a Salou se me hizo eterno. Había pasado apenas un kilómetro pero me pareció un maratón.

Gire a duras penas, miré el reloj y me animé a mí mismo. Sólo quedan tres kilómetros –murmuré hacia mis adentros. Pero qué kilómetros. Decidí mantener un ritmo constante para no agotarme completamente. Iban pasando los metros, me costaba un mundo pero no quería tirar la toalla.

¡Solo quedan dos! –grité en mi cabeza.

Parecía que aun así iba a terminar con un buen tiempo lo que me motivó un poquito y llegué al kilómetro veinte con algo de fuerza como para poder aumentar el ritmo animado por la gente que se agolpaba a los lados –pelos de punta–.

Fue un espejismo que duró trescientos metros, mi sufrimiento era máximo pero si no desfallecía iba a bajar de 1:49.

Y así, con mis penurias, giré por última vez y recorrí los últimos 150 metros de dolor en los que me adelantó alguien más. Agotado y aliviado crucé la meta.

Lo primero que hice fue agarrarme a la valla e intentar respirar un poco. Al final, buena carrera.

Saco muchas cosas positivas. Correr me regala aprendizajes. Entre otras cosas es por lo que me gusta tanto. Te enseña a sufrir, te hace mentalmente más fuerte y te ayuda a lograr objetivos personales. Es lo que me llevo en cada una de las carreras. Porque es más que solo correr.

Para los profesionales es su trabajo; pero para mí además de una afición es un estilo de vida, es un superhábito de alto rendimiento que me enseña formas de superación aplicables al resto de mi vida.

Mi estado de forma se adecua al tiempo que hice, por lo que me llevo buen sabor de boca pero siento que tenía ese puntito más que me podría haber llevado hasta la hora y cuarenta y cinco. Qué pena.

El no tomarme el gel fue algo que marcó el tiempo final. Aún no sé muy bien por qué no lo pensé durante la carrera. Quizá el estar tan concentrado en no perder el ritmo, el estómago que no lo llevaba como para tomar geles, y que no lo tenía a mano –ya que tenía que cogerlo del bolsillo del cinturón que llevo normalmente– hicieron que no llegara a tomarlo, pero bueno, hemos venido a sufrir un poco ¿no? Otra experiencia.

Además, Javi hizo un tiempo extraordinario de 48 minutos en los diez kilómetros. Doble alegría.

Objetivo: Pasarlo bien, cumplido.

Ver el Diario de Carreras

Share: